martes, 15 de abril de 2014

6to 3ra Sociales ENSAM - Histora

Alumnos de 6to 3ra ENSAM - 2014

Historia 


Unidad 1 Ejes Historiográficos para una Mirada de la Historia reciente en la Argentina


Los problemas temáticos, teóricos y metodológicos de la Historia Reciente. Historia y memoria. Políticas del olvido. El campo de la Historia Reciente en la Argentina y en el mundo. Los objetos de la Historia Reciente. El surgimiento de la Historia Oral como enfoque historiográfico. La historia de los pueblos sin historia.
Los vínculos entre Historia Oral e historia desde abajo.
Historia Oral, relato y memoria. Los métodos cualitativos de la Historia Oral.
Diferentes técnicas de recolección de datos. Sujetos y objetos de la Historia Oral.

Materiales de estudio

1.- El pasado cercano en clave historiográfica. Marina Franco y Florencia Levin

El pasado cercano en clave historiográfia

2.- La Historia Reciente en la Escuela. Nuevas preguntas y algunas respuestas. Marina Franco y Florencia Levin

La enseñanza de la Historia Reciente en la escuela



Respuestas nuevas a preguntas urgentes
Página 12 - Jueves, 19 de julio de 2007

Tomar materiales generalmente desechados por ciertas tradiciones académicas, abordar el centro desde lo lateral y trazar otras perspectivas son algunos de los ejercicios de investigación que empiezan a ser prácticas productivas para construir algo tan huidizo y en ocasiones doloroso como la historia reciente. Las jóvenes historiadoras Florencia Levin y Mariana Franco son dos de las responsables de los primeros intentos de sistematizar eso en la Argentina.

Por Luciana Peker

Empezar a leer el diario por las páginas de atrás es sinónimo de empezar por los chistes. Y reírse —o buscar reírse— parece ser igual a no tomarse la realidad en serio. Mucho menos, la historia, compuesta por sables de museo, documentos firmados en pluma y cartas que revelan los secretos de la guerra de la Independencia. Pero hay otra, muchas otras historias, por ejemplo la que Florencia Levin escribe leyendo desde la parte de atrás, la de los chistes, los diarios de la época de la dictadura. Y también la reconstrucción de la comunicación (o no) que mantenían los exiliados en Francia con la Argentina durante los setenta, según la investigación de Marina Franco.

Florencia Levin y Marina Franco son historiadoras que investigan sobre temáticas de historia inmediata y que, de tanto cruzarse, con el cruce entre el pasado y la realidad decidieron —cruzadas también por la complicidad, fuerza y virulencia que da la amistad entre mujeres— compilar en el libro colectivo Historia reciente, perspectivas y desafíos para un campo en construcción (Ed. Paidós) reflexiones, debates y documentos sobre esta disciplina tan nueva como la nueva historia de la historia actual.
Marina Franco tiene 34 años, es profesora e investigadora del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín y becaria post-doctoral del Conicet. Florencia Levin tiene 37 años, es Investigadora Docente de la Universidad de General Sarmiento y cursa el doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Las dos, además, construyeron la Red Interdisciplinaria de Estudios de Género donde el libro sigue abierto
¢Qué es la historia reciente?
Florencia Levin: Esa pregunta tiene múltiples respuestas y el trabajo que nos propusimos hacer con Marina fue encontrar alguna respuesta que nos resultara satisfactoria. Una posibilidad es pensar que es la parte más reciente de la historia y que, entonces, estableciendo alguna cronología pudiéramos establecer que la historia reciente empieza acá y termina acá. El problema es que lo que ahora es reciente más adelante no lo será. La principal dificultad es concordar con los demás cuál sería el inicio y cuál seria el fin de esa historia reciente. Por eso, si bien es cierto que hay algo de la cercanía del pasado no alcanza con explicarlo por el lado de la cronología. Después, está la posibilidad del régimen de la historicidad. Por ejemplo, que el historiador conviva con las personas que vivieron el objeto que describe o con la segunda generación que pueda narrarlo. También hay algo de eso que define a la historia reciente. Pero no alcanza de ninguna manera definir la historia reciente por la perdurabilidad. Si bien hay algo de cercanía y de cronología y hay algo de espontaneidad y régimen de historicidad, lo que define a la historia reciente, como campo de estudio historiográfico, tiene que ver con la memoria y con lo que una sociedad considera como un pasado traumático no terminado de clausurar. Hay algo de ese paso que interviene en el día a día de la política y en la definición delas identidades.

Marina Franco: Esto no significa traumático en el sentido psicoanalítico, sino de un pasado que sigue estando a diario y generando polémicas en el presente de la sociedad.
F. L.: Hoy no hay un debate sobre (Juan Manuel de) Rosas, hay un debate historiográfico, pero no en el día a día. (Juan) Perón es otra cosa porque, para mí, la historia reciente empieza con Perón. En cambio, con la historia reciente no hay debate entre historiadores, sino políticos y asociaciones civiles que reclaman alguna verdad sobre ese pasado. Incluso hay una diferencia política entre quienes apelan a la memoria de la historia reciente, esencialmente la dictadura, para construir el presente y quienes tienen el discurso de olvidar el pasado y mirar el futuro.
M. F.: Las dos son formas de historia reciente. Podríamos llamar a una ´memoria del olvido´ y a otra una memoria que intente permanentemente recordar. También hay muchas maneras de recordar, pedir justicia y verdad, por ejemplo.
F. L.: La política del olvido la impuso, sobre todo, (Carlos) Menem, con los indultos y con lo que él llamaba la política del perdón.
M. F.: Sigue vigente ese discurso pero perdió la legitimidad que tenía antes. Salvo grupos muy acotados, hoy no se puede exigir en el espacio público una política del olvido. En el menemismo sí era posible. Hoy el discurso legítimo es el de la memoria y la justicia. Ahora, qué sentido se les da a esas palabras tiene que ver con los grupos específicos. A veces son sólo declamaciones, mientras que para el investigador que trabaja sobre el pasado reciente —no es cuestión de disciplinas— significa que ese discurso está en tensión con otro montón de discursos, que es el discurso de los actores. El gran problema del investigador es cómo darle legitimidad a su discurso en medio de la puja permanente por el sentido del pasado que tiene que ver con el campo de la política. Nunca como ahora los historiadores estuvieron tan encerrados en la academia universitaria. El desafío es volver a intervenir en la ciudadanía?

F. L.: Igualmente, lo que quiere consumir la ciudadanía no son los trabajos académicos de los investigadores. Hay un tema a explorar que es la diferencia entre un producto hecho por un académico y un micro de divulgación.

M. F.: El tema no es que la ciudadanía no quiere consumir productos académicos, sino que la ciudadanía busca respuestas sobre hechos del pasado, y quienes pueden ofrecerle respuestas más accesibles son los que se ocupan de la divulgación, que es un campo en el que, recién ahora, y de manera aislada, los historiadores se están aventurando. Entonces el problema no es que la gente busca ciertos discursos en particular, sino que los historiadores, recién ahora y un poco, estamos produciendo discursos más accesibles a todo público. Una de las cosas que se le genera al historiador de historia reciente es generar investigación sobre el pasado pero que sea posible construir con una narrativa accesible a un público más amplio en cuestiones delicadas, polémicas, pero también que interesan a la sociedad. Lo interesante, pero también más complicado, es que es un trabajo que va más allá del mundo académico.

F. L.: Las naturalezas son distintas. La gente quiere muchas veces los parámetros de lo bueno, lo malo, lo cierto y lo mentiroso. ¿Dónde estaba el bien y donde estaba el mal? Y ningún historiador que se precie de tal puede contestar una pregunta de este tipo. No es nuestra función contestar dónde estaba el bien y dónde estaba el mal, sino pensar cómo y por qué ocurrieron las cosas que ocurrieron y qué sentidos y significados tuvieron y se construyen a partir de eso. También hay algo radicalmente distinto del tipo de conocimiento que construyen los historiadores y del que serviría para alimentar los debates públicos. Creo que esto pone a los historiadores en un desafío más difícil. No creo, de ninguna manera, que los historiadores se tengan que lavar las manos. Pero tampoco escribir quiénes eran los buenos y los malos. Es un límite a negociar con el abstracto del público. Según lo que ustedes cuentan en el libro, la historia reciente nace en el mundo a partir de la Segunda Guerra Mundial y en la Argentina a partir del estudio de la dictadura. ¿Cuál es la incidencia de los setenta en la historia argentina?
M.F.: La incidencia de ciertos temas en el espacio público y en el presente de la sociedad hacen que esos temas empiecen a aparecer en las investigaciones. Los hechos recientes se consideraron para los historiadores temas calientes como objetos que no tienen una distancia suficiente como para que el historiador se dedique a ellos. En parte el libro tiene que ver con la legitimidad de los historiadores —a diferencia de los sociólogos, politólogos— para tratar esos temas. La impronta traumática de la dictadura y la violencia en general en los sesenta, setenta y comienzo de los ochenta sobre la sociedad argentina ha sido tal que, transcurrido un cierto tiempo de procesamiento del tema y un recambio generacional (son en general los jóvenes los que más se interesan por estos temas), se inicien proyectos sobre este tema.
F. L.: El interés de los de veintipico en la historia reciente es mucho más grande que en nuestra generación, los que ya tenemos más de treinta.
M. F.: No era fácil hacer historia para la gente que había vivido esa época, ni siquiera si eras adolescente. Yo hice mi tesis sobre el exilio con dos profesoras que me dijeron qué bueno que tomás este tema, yo no podría hacerlo´. Hay un necesario procesamiento y distancia emocional sobre el trabajo...
F. L.: Relativa. Porque el pasado reciente implica una incidencia del tema.
M. F.: Sí, claro. Pero hay que tener control de ciertas variables éticas y emocionales. F. L.: A la vez, lo mágico y maravilloso de trabajar en esto es que exista esa cercanía. Yo no podría dedicarme a investigar la etapa del rosismo, que no me motiva ni me involucra subjetivamente. Eso es lo que hace emocionante a la historia reciente. La historia reciente es sumamente valiosa porque los historiadores aportan, con mayor o menor éxito, materia prima para la construcción de estos significados. No es casual que la política de (Néstor) Kirchner en relación con los setenta, y los debates que esto ha producido con los espacios académicos, se hayan ido abriendo sobre historia reciente. Creo que es valioso para la sociedad. También habría que pensarla en políticas educativas: ¿qué historia llega a las escuelas?
M. F.: La historia reciente contribuye a la tarea de la memoria y a aportar una mirada crítica sobre esas memorias.


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3.- Políticas de olvido y memoria

3.1.- Memoria y Convivencia Democrática:
Políticas de Olvido y Memoria*
Elizabeth Lira**
Consejera a Título Individual de la Facultad
Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Introducción

21 de diciembre de 1907: centenares de  trabajadores  salitreros que estaban en huelga fueron asesinados en la Escuela Santa María de Iquique en Chile.  

24 de abril de 1915: se  inició  en Turquía  el  exterminio del pueblo armenio. Cientos de miles murieron  cuando  fueron  deportados  en  condiciones  inhumanas.  Los  muertos  se estimaronentre centenares de miles de hombres, mujeres y niños.   

26 de abril de 1937: en  el País Vasco,  la  ciudad de Gernika  fue bombardeada durante varias horas por  aviones alemanes durante  la guerra civil en España y hubo centenares de muertos y heridos. 

28  de  septiembre  de  1937:  al  sur  de  Dajabon,  ciudad  fronteriza  con  Haití,  situada  al noroeste de  la República Dominicana, se  inició el exterminio de  los  residentes haitianos con cuchillos, palos y machetes. Fue realizada bajo el mando de militares. Se estimó entre 12.000 y25.000 los nacionales haitianos asesinados en esta matanza, que continuó  hasta el 15 de noviembre de manera esporádica. 

1941  ­1945:  Se  instalaron  campos  de  exterminio  de judíos,  gitanos,  presos  políticos, homosexuales,  testigos de  Jehová, delincuentes  y otros presos provenientes de  todos  los países  ocupados  por  el  régimen  nazi.  Millones  de  personas  murieron  en  Auschwitz, Treblinka, Jasenovac, Buchenwald, Dachau, y otros.  

17 de abril de 1961: la policía asesinó cerca de 327 argelinos en París. 

16 de marzo de 1968: 100 soldados estadounidenses bajaron en helicópteros al poblado de My Lai en 
Vietnam y mataron a 350 civiles,  la mayoría mujeres, niños y ancianos en una guerra que trajo devastación y muerte no sólo para las víctimas sino también para los soldados que actuaron en ella. 

30 de septiembre ­ 22 de octubre de 1973: El general del Ejército Sergio Arellano Stark acompañado  por  una  comitiva  de  diez  oficiales recorrió  varias  ciudades  desde  el  sur hasta  el  norte  de  Chile.  La  comitiva  ejecutó 26  personas  en  el  sur  y  otras  71  en  las ciudades de La Serena, Copiapó, Antofagasta, y Calama al norte del país. Esta operación fue conocida como "Caravana de la Muerte". 

4  de mayo  de  1980:  en  el  río  Sumpul,  departamento de  Chalatenango  en El  Salvador, más de 300 personas no combatientes fueron asesinadas, incluyendo mujeres y niños por  un contingente de la guardia nacional y de fuerzas paramilitares. 

6 de diciembre de 1982: en la comunidad “Las Dos Erres” en el Departamento del Petén, en Guatemala,  fuerzas militares  asesinaron  al  menos  178  personas  no  combatientes, entre ellas 113 niños.   

3 de abril de 1983: en Perú  la organización política Sendero Luminoso decidió  imponer una "sanción 
ejemplar" al pueblo de Lucanamarca en la región de Ayacucho, asesinando a 69 personas  (18 niños y 11 mujeres, algunas de  las cuales estaban embarazadas). La mayoría de  las víctimas murieron por heridas de machete y hacha, y algunos recibieron disparos en la cabeza a corta distancia. 
  
El  6  de  abril  de  1994,  los  presidentes  de  Ruanda  y  Burundi,  Juvenal  Habyarimana  y Cyprien Ntaryamira murieron en un atentado terrorista cuando estaban por aterrizar en Kigali. Durante un mes a partir de esa fecha se inició una matanza en  las comunidades Hutu y Tutsi enla zona delos Grandes Lagos africanos. Fueron asesinadas más de 800 mil personas entre abril y julio.  

12 de julio de 1995: en Srebrenica fueron asesinadas más de 8.000 personas por fuerzas del ejército de  la República Serbia. 1.042 eran menores de 18 años. En memoria de las víctimas se construyó un monolito con la frase “Nunca más”. Bajo ese monumento están enterradas las 1.327 personas identificadas hasta 2009.

Estos  hechos  de  violencia  y muerte,  de  origen  y motivación  política,  se  produjeron  en medio de
guerras y conflictos que alteraron  las relaciones sociales y  la convivencia en  las comunidades  y  países  en  los  que tuvieron  lugar.  Esos  sucesos  dieron  origen  a conmemoraciones,  a memoriales,  sitios  de  memoria  y  a  diversas  formas  de  memoria política iniciados por familiares de los muertos o miembros de las comunidades afectadas. El pasado ha sido fechado, recordado y conmemorado para “no olvidar” (a los muertos, lo vivido, las pérdidas, el miedo…).

Los sobrevivientes,  los  familiares de  las víctimas y sus amigos y cercanos declaran como postura  ética  (y política)  “no  olvidar”,  invistiendo  a  la memoria de una  fuerza política  y cultural  que  se  asocia,  según  los  casos,  a  la memoria  de  las  víctimas,  a  la  búsqueda  de justicia, a  la  lucha por  la paz, a  la construcción y consolidación democrática. Se construye así  una  resistencia  contra  el  olvido  basada  en  la  lealtad  personal  con  los  muertos  y  desaparecidos,  pero  también  en  la  lealtad  a  sus  creencias,  ideas  y  valores  y  en  las proyecciones  políticas  de  sus  ideas.
Algunas  memorias  son  “militantes”.  Mantienen  el sentido de la “causa” por la que esas personas
perdieron la vida, pero casi todos coinciden en afirmar que se requiere recordar para asegurar que “nunca más” vuelva a ocurrir tanta muerte, tanto dolor y miedo, tantas pérdidas.

Sin  embargo,  históricamente  la  paz  social  y  la  estabilidad  política  se  han  procurado mediante el olvido jurídico en distintas épocas. Un ejemplo de esta visión se encuentra en el edicto de Nantes de 1598:

Que la memoria de todos los acontecimientos ocurridos entre unos y otros tras el comienzo del mes de marzo de 1585 y durante  los  convulsos precedentes de  los mismos,  hasta  nuestro  advenimiento  a  la  corona,  queden  disipados  y  asumidos como cosa no sucedida.  

El edicto decretaba borrar la memoria de los hechos para superar la conflictividad de sus consecuencias.  Más  recientemente,  en  las  transiciones  políticas  desde  dictaduras  a regímenes  democráticos  en  América  Latina,  ha  predominado  el  recurso  a  las  leyes  de amnistía que hacen efectivo el olvido político y  jurídico como ocurriera en Nantes. En  los fundamentos de dichas leyes se ha expresado, una y otra vez, la convicción de que el olvido del  pasado  asegura  la  paz  del  futuro  y  consolida  la  estabilidad  alcanzada.  En  Chile  las reconciliaciones políticas se han basado en “leyes de olvido”, es decir, en leyes de amnistía que han  cubierto  crímenes mayores y menores 
después de  todos  los  conflictos políticos, desde los inicios de la República en 1818.
La impunidad ha sido considerada durante siglos como un recurso eficaz para contener las consecuencias  políticas  de  los  conflictos.  Sin  embargo,  esa  convicción  se  ha  erosionado desde el  juicio de Nüremberg, después de  la Segunda Guerra Mundial y de  la Declaración Universal  de  los  Derechos  Humanos.  
Desde  entonces  se  ha  buscado  garantizar internacionalmente  la  obligación  de  los  Estados  de  
respetar  los  derechos  de  sus ciudadanos. Tratados y pactos, desde  la segunda mitad del siglo XX, han comprometido el cumplimiento de acuerdos y garantías en relación con el respeto de los derechos de las personas establecido en  las constituciones y en  las  leyes de cada república. De acuerdo con  ello,  los  países  han  debido  rendir  cuentas  a  la  comunidad  internacional  acerca  del cumplimiento  de  esos  compromisos.  Se  han  creado  comisiones  de  la  verdad  en muchos países y se han dictado leyes de reparación para las víctimas inspirados en los principios y mecanismos del sistema internacional. 

Fue  precisamente  la  reacción  internacional  ante  el  Holocausto,  y  ante  la  devastación humana de la represión política y de las guerras en distintos lugares, lo que contribuyó a la instalación  de  mecanismos  internacionales  legales  y  políticos  buscando  controlar  e impedir  que  estos  sucesos  se  repitieran.  Al  mismo  tiempo,  las  distintas  formas  de memorialización  y  conmemoración  buscaban  difundir  el  conocimiento  acerca  de  lo sucedido y el rechazo moral y político de los crímenes cometidos. Estas iniciativas no han logrado controlar completamente  la ocurrencia de  los desastres humanos descritos, pero han  tenido ciertos  resultados sobre algunos conflictos, a veces de manera preventiva, en otros casos de tipo paliativo en relación con las consecuencias sobre las víctimas. Por otra parte, la verdad sobre los hechos y el testimonio de las víctimas fundamenta el repudio de un pasado abusivo y violento. Sin embargo, en cada situación nacional  la memoria como proceso  social  evoca  dicha  violencia,  dando  espacio  a  la  expresión  de  las  divisiones 
existentes, las que, eventualmente, aun están en conflicto. De esta manera, el énfasis en los 
procesos  de  verdad  y  memoria  generan  contradicciones  y  tensiones  que  dificultan  el olvido 
de lo sucedido como ocurría en el pasado.  

En muchos casos ha prevalecido la impunidad como fundamento de la paz social, como fue el caso de Uruguay en 1989. Se realizó un plebiscito, consultando sobre “la caducidad de la  pretensión  
punitiva  del  Estado”  con  el  fin  de  obtener  la  ratificación  ciudadana  de  la vigencia  de  la  ley  de  amnistía,  lo  que  se  obtuvo.  Pero  el  olvido  de  ese  pasado  ha  sido prácticamente  imposible,  como  se  aprecia  en  las iniciativas  posteriores  de  verdad, memoria y justicia en ese país que continúan manteniendo vivo el proceso social y político. Esa  situación,  como muchas  otras,  
evidencia  que  el  paso  del  tiempo,  por  sí mismo,  no extingue la memoria de las víctimas, menos aun en tiempos en los que la tecnología de las comunicaciones permite revivir el pasado como si formara parte de las noticias del día de hoy. Sin embargo, precisamente en estos procesos emerge la tensión entre la memoria de las víctimas (y la memoria política al servicio de los procesos democráticos) y el olvido que garantiza  la impunidad  como  fundamento de  la paz  social. Esta  
tensión expresa visiones históricas, éticas y políticas contrapuestas que aun permanecen vigentes y cuyo desenlace está en desarrollo.   

Este trabajo examina la memoria como un proceso político, distinguiendo y diferenciando la memoria 
individual, la memoria  colectiva  y  los  dilemas  de  la memoria  política  en  la convivencia democrática  en  Chile.  Se  hace  referencia  a  la  construcción  de  la  memoria política en un país como Chile, cuyo pasado histórico había privilegiado el olvido jurídico y la impunidad como fundamento de la paz, la reconciliación y la convivencia política.  




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3.2.- Políticas de la memoria que más bien buscan el olvido

Jueves 08 de noviembre de 2012 | Publicado en edición impresa
Los años 70
Políticas de la memoria que más bien buscan el olvido

Al convertir a las víctimas de la represión del Estado en los héroes de la lucha política, absolviéndolas de la responsabilidad que tuvieron en la historia compartida, el discurso oficial deja un enunciado vacío y falaz
Por Alejandro Katz  | Para LA NACION
En estos años, nuestro país se fue poblando de lo que se ha dado en llamar "sitios de memoria". Sitios físicos -museos de la memoria, parques de la memoria, monumentos a la memoria-; sitios virtuales, como la "red nacional de sitios de memoria" que depende del Ministerio de Justicia, y sitios puramente simbólicos: la reiterada, persistente, protagónica presencia de algunas Madres de Plaza de Mayo en los actos y las actividades del poder o la reciente conmemoración de un "día del montonero". Sitios, todos ellos, que han ido propagando la creencia de que recordar, juntos, colectivamente, es un imperativo moral y de que aquello que se recuerda debe ser también objeto de reivindicación.
Sin embargo, las sociedades no tienen recuerdos: tienen historia. Hechos que ocurrieron en el pasado, que serán conocidos por medio de interpretaciones divergentes y valoraciones encontradas, pero sobre cuyo acontecer en otro tiempo no caben dudas. Dado que los recuerdos compartidos son literalmente imposibles, la así llamada memoria histórica o memoria colectiva es en verdad el resultado de complejas operaciones políticas orientadas a construir un sistema de creencias respecto de un pasado que se asumirá como común. Es, por tanto, producto del esfuerzo que algunos realizan para que otros crean. En la tarea de construir una memoria histórica colectiva, los discursos públicos, los monumentos, las fechas y los actos de conmemoración son herramientas destinadas a controlar el relato del pasado, no a conocer y explorar la historia.
La Argentina vive peligrosamente escorada sobre una memoria colectiva que se va poblando de los fantasmas de héroes y de mártires, por un lado, y por las sombras de verdugos y cómplices, por el otro, y de la cual son expulsados los hechos, las personas, los conflictos, la infinita complejidad de la historia, que es sustituida por un relato maniqueo que manipula y tergiversa. Por supuesto, recordar es elegir. Y elegir la recordación mitificada de unas víctimas es suprimir los hechos de una historia que habla de guerra civil y que enseña que en nuestro país se anuló la distancia que debe haber entre la diferencia de opiniones y la lucha sangrienta. Es no querer recordarlo todo, es no querer saber ni que se sepa.
La memoria es un modo de organizar el olvido: cuando se fija la mirada en un recuerdo es para dejar de lado otro recuerdo, el de las otras víctimas, aquellas que no pueden ser nombradas porque en sus nombres resuenan los ecos de asesinatos de los que no se quiere hablar. Nombrarlas, incluirlas en la cuenta de las muertes, como pidió Héctor Leis, obligaría a aceptar que el camino que conducía al cumplimiento de los ideales revolucionarios de los años setenta estaba siendo pavimentado con cadáveres. Quizá la violencia política de aquellos años fue resultado de las convicciones de quienes la ejercieron; quizás obedeció a los valores con que se la justificaba y no a oscuras ambiciones de poder o a perversas pulsiones homicidas. Probablemente, en muchos casos ésas fueron las razones, aunque en otros, indudablemente, no lo fueron. No se debe juzgar el pasado como si fuera parte de nuestro presente; pero desconocer hoy la abominación del homicidio ocurrido entre nosotros, aun cuando se haya cometido -¡sobre todo cuando se ha cometido!- con intenciones supuestamente nobles, es no sólo recurrir a la hipocresía de la autoexculpación sino también consagrar la violencia. Ése parece ser, justamente, el fin último de la política oficial de la memoria: más que recordar, correr un pesado velo sobre el hecho de que en nombre de valores honrosos se cometieron y celebraron crímenes abominables. Al convertir a las víctimas de la represión del Estado en los héroes de la lucha política, absolviéndolas de la responsabilidad que tuvieron en la historia compartida, el discurso oficial de la memoria deja un enunciado vacío y falaz; y, al identificar aquellas víctimas solamente con el ideal de un mundo mejor, omite la fenomenología concreta de sus prácticas: no ya la capacidad -martirológica- de estar dispuestos a morir por esos ideales, sino la voluntad -homicida- de matar por ellos.
La política de la memoria se ha convertido, para utilizar la triste y bella expresión de Nicole Loraux, en el sitio de goce que proporciona "la cólera de quien no olvida". Memoria peligrosa que pacta con la muerte al festejarla, esta "memoria colectiva" perdura, como escribe David Rieff, "en la cultura del agravio y del resentimiento, y conduce al rencor antes que a la reconciliación y a la venganza antes que al perdón". Una memoria que, paradójicamente, arroja al olvido el hecho incuestionable de que si bien hay jerarquías de crímenes, no por ello se puede aceptar, como afirma Paul Ricoeur, que haya jerarquías de víctimas.
Esa política ha sido parte de una estrategia facciosa para poner la memoria al servicio del olvido, apropiándosela como si fuera un objeto que pertenece al Gobierno y al poder. Y ha sido, también, una estrategia para alejar la verdad. No sólo la verdad de los hechos -la respuesta a la pregunta: "quién hizo qué"-, sino la idea misma de verdad, ese concepto -la verdad- que es el más intolerable y aborrecible para un grupo que -de las estadísticas públicas a la autobiografía de sus líderes- construyó y conserva su poder en y por la mentira. Los nuevos guardianes de los recuerdos colectivos afirman que rememorar, traer cotidianamente el recuerdo a la conciencia, es un acto de justicia contra el olvido. Pero lo opuesto del olvido, como sabían los griegos, no es el recuerdo: lo opuesto del olvido, Lethé, es la verdad, Alethéia. Hay olvido donde no hay verdad, donde la historia es sustituida por recuerdos que configuran la identidad psicológica de un grupo que comparte el relato, donde esos recuerdos carecen de precisión histórica y de hondura analítica, donde se cumple la gran exigencia que la memoria colectiva impone para existir: que no se la confronte con los hechos. Hay olvido donde el relato de la memoria aspira a la exaltación del sufrimiento propio y de los propios, a la celebración de lo irrecuperable, a la glorificación de un pasado de supuesto sacrificio compartido. "El sufrimiento en común -escribió Renan- une más que la felicidad en común." Así, el olvido provocado por la falta de verdad, por faltar a la verdad, expresa una vez más el carácter radicalmente antipolítico del kirchnerismo, ese movimiento que construye una identidad facciosa a través de un sentimiento compartido entre algunos, y no a través de las palabras, que son el instrumento privilegiado de la política. Y exhibe, también, el profundo desapego a la justicia, cuyo principio no es la sanción penal -resultado de un juicio que es, a su vez, continuación del conflicto- sino la verdad. Alimentada por el recuerdo del dolor, convertida en signo de identidad de un grupo, la memoria colectiva lleva casi inexorablemente a la venganza.
Lo más perverso es que esta política de la memoria no es, con todo, más que un síntoma. Es el síntoma del gran miedo que padece el kirchnerismo: el miedo, pánico, que siente ante el futuro. Los kirchneristas están persuadidos de que el futuro sólo existe para cumplir las fantasías del pasado. De un pasado hecho de imágenes congeladas, de fotografías en sepia de los años cuarenta, de instantes cristalizados de los años setenta, de ideas viejas, de muertos heroicos, de sangre seca, de melancolía. Para ellos, sólo es posible merecer la vida cuando se está muerto. Es hora de decir, con Nicole Loraux, que "la memoria de las desgracias es memoria del odio." De decir que es hora de terminar, hora de perdonar y de saber que quien no perdona enseña sobre todo una falta absoluta de disposición para pedir perdón; hora de aceptar que el peor adversario de la política es la cólera, que político es quien sabe olvidar, que sólo hay política donde hay también olvido. En la Ilíada, Homero hizo que Aquiles lo dijera: "Dejemos en paz el pasado por mucho que nos aflija. Yo ya depongo mi ira; no debo mantener para siempre un furor obstinado".
Hay malas maneras de salir del pasado, así como hay buenas maneras de salir del pasado. No hay, no habrá nunca, buenas maneras de vivir en el pasado: cuando se niega a olvidar, la memoria hace un pacto con la muerte porque todo, incluso el duelo, debe concluir.
© LA NACION.



3.3.- Reportaje a Adolfo Perez Esquivel

A 30 años de resistencia por la memoria, verdad y justicia

3.4.- Holocausto, genocidios y negacionismos

http://m.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-244443-2014-04-19.html


4.- Historia oral

Historia oral (Una introducción pensada para docentes)
Laura Benadiba y Daniel Plotinsky

¿Qué es la historia oral?

La historia oral es una metodología específica de las ciencias sociales que ha alcanzado un gran desarrollo en el ámbito de la investigación histórica contemporánea en los últimos cincuenta años. Por diferentes motivos, en nuestro país recién comenzó a difundirse a mediados de la década del 80, y su introducción en la enseñanza se produjo a principios de los 90.
Puede definirse como un procedimiento establecido para la construcción de nuevas fuentes para la investigación histórica, con base en testimonios orales recogidos sistemáticamente bajo métodos, problemas y puntos de partida teóricos explícitos.

Su análisis supone la existencia de un cuerpo teórico que se organiza a partir de la instrumentación de una metodología y un conjunto de técnicas específicas, entre las que ocupa un lugar fundamental la entrevista grabada.

Como campo de conocimiento, es un espacio de confluencia conceptual y metodológica de diversas perspectivas del análisis social, así como un ámbito donde convergen prácticas científicas de distintas disciplinas de las ciencias sociales.
Si bien el uso de testimonios orales no es una novedad en el trabajo de los historiadores, su utilización sistemática y reflexiva está asociada al desarrollo de la historia social contemporánea, más preocupada por los procesos sociales y la vida de la gente «común» que por las descripciones de acontecimientos «importantes» y la vida de personajes destacados.

La historia oral se concentra en las experiencias directas de la vida de las personas. La entrevista de historia oral es el procedimiento por el que un entrevistador recupera esas experiencias almacenadas en la memoria de la gente que las vivió. Estas personas entrevistadas se convierten en informantes, y sus recuerdos -registrados en una grabación- se transforman en fuentes orales para el historiador.

La entrevista de historia oral
«De las tres clases generales de evidencias históricas (documentos, artefactos y memorias), la evidencia de la memoria humana es la más frágil y efímera.
La entrevista de historia oral transforma a la memoria frágil en un registro permanente del pasado, que es a la vez valioso y con el paso del tiempo irreemplazable”
La entrevista de historia oral es un interrogatorio sistematizado que tiene por objeto obtener, recuperar y registrar las experiencias de vida almacenadas en la memoria de la gente que las vivió directamente. Como tal, es una situación artificial, donde el entrevistador busca información y el entrevistado busca hacer pública su historia y sus puntos de vista.
Esa situación de encuentro entre entrevistador y entrevistado —en la que ambos construyen un documento en forma conjunta- es el punto crucial de todo trabajo de historia oral. El éxito de cualquier proyecto depende, por eso, de la calidad con que esa entrevista sea realizada.
Por metodología, objetivos y dinámica, la entrevista de historia oral se diferencia:
• de una conversación espontánea,
• de otros modos de interrogar: el reportaje, la entrevista periodística, la encuesta, la entrevista psicoanalítica, etc.,
• de la memoria o reflexión autobiográfica.
Podemos decir que las diferencias fundamentales con las entrevistas de otras disciplinas radican en los siguientes puntos:
• ¿Por qué seleccionamos al entrevistado?
• ¿Qué buscamos en la entrevista?
• ¿Qué y cómo preguntamos?
• ¿Qué y cómo escuchamos?
• ¿Qué interpretamos de lo que nos han dicho?
La entrevista de historia oral es una actividad en la que tienen parte activa tanto el entrevistado como el entrevistador, organizada por las perspectivas e intereses históricos de ambos participantes. No depende, por lo tanto, sólo de la memoria individual del entrevistado sino también de la acción activa y consciente del entrevistador.
Este «no sólo busca las experiencias recordadas. Las encuentra, las identifica y las registra; conduce también la mente del que recuerda a un examen dialéctico y dinámico de la validez y significación de esas experiencias».3
En ese sentido, la entrevista se expresa en una narrativa conversacional que contiene un conjunto de relaciones simultáneas. Es conversacional, pues la relación entre el entrevistador y el entrevistado se da a través de una conversación, y narrativa por la forma de exposición del entrevistado: la narración de una historia.
En el lenguaje en la entrevista se expresa, entonces, un conflicto:
• El lenguaje usado por el entrevistador es analítico. Su forma es la pregunta.
• El lenguaje usado por el entrevistado es narrativo. Su forma es el relato.
A lo largo de la entrevista, ambos lenguajes se entrecruzan y enfrentan en un proceso en el que el entrevistado quiere contar y el entrevistador quiere saber. Más que una conversación, la entrevista es una especie de monólogo guiado e incitado por el entrevistador.
Queda claro que el entrevistador requiere de un gran equilibrio, ya que su accionar:
• no debe ser pasivo: busca recuerdos y provoca reflexiones y evaluaciones, propone hipótesis y desafía al entrevistado a nuevos exámenes y revisiones de lo ya afirmado;
• debe ser lo más discreto posible para que su intervención no perturbe ni modifique el testimonio.
El entrevistador, entonces, forma parte de la entrevista tanto como el entrevistado. Por ello, sus preguntas y comentarios son parte inseparable del testimonio oral construido. En ningún caso puede considerarse el testimonio del entrevistado como una información «autónoma».
«El resultado final de la entrevista es el producto tanto del narrador como del investigador. Cuando las entrevistas, como sucede con frecuencia, se preparan para la publicación omitiendo por completo la voz del entrevistador, se produce una sutil distorsión: el texto da las respuestas sin las preguntas, lo que lleva a suponer que un narrador dado siempre dice las mismas cosas, con independencia de las circunstancias: en otras palabras, se tiene la impresión de que un hablante es tan estable y reiterativo como un documento escrito. Cuando se suprime la voz del investigador, la voz del narrador se distorsiona.»
La realización de entrevistas de historia oral requiere tener en cuenta una serie de cuestiones:
Para que una entrevista sea posible, deben desarrollarse imprescindiblemente ciertas normas o pautas implícitas:
1. Que el entrevistado esté dispuesto a responder. Si bien puede parecer que esto es obvio y que la sola presencia de la persona en la entrevista supone esa disposición, en la práctica nos encontramos muchas veces con que «no sabe a qué vino».
Por eso es fundamental informarle muy claramente, en el momento de citarlo, las características de la entrevista (que será grabada o filmada, sobre qué tema será interrogado, quiénes lo entrevistarán, para qué, etc.
2. Que comprenda lo que se le solicita. Esta comprensión puede ser afectada por diferente tipo de situaciones (dificultades auditivas o mentales del entrevistado, deficiente manejo del idioma por parte del entrevistado o del entrevistador, diferencias en el léxico utilizado producidas por la distancia generacional, incapacidad del entrevistador de expresar correctamente las preguntas, etc.).
Estas situaciones deben ser tenidas en cuenta, al capacitar a los entrevistadores, para intentar evitar, o por lo menos minimizar, las dificultades que pueden surgir.
3. Que su respuesta intente dirigirse hacia el objetivo solicitado. Que esto ocurra depende, en gran parte, del correcto cumplimiento de las dos pautas anteriores: debemos suponer que si el entrevistado está dispuesto a responder y comprendió lo que se quiere de él, no tendrá problemas para responder lo que se le pregunta.
4. Que la información que brinde sea comprensible. En este caso, las situaciones que pueden afectar la comprensión son: dificultades de expresión o dicción del entrevistado, deficiente manejo del idioma por parte del entrevistado o del entrevistador, diferencias en el léxico utilizado producidas por la distancia generacional, incapacidad de expresar correctamente las respuestas, etcétera.
Al respecto no podemos hacer demasiado para evitar dificultades, pero es importante alertar a los alumnos sobre la posibilidad de que esto suceda e instarlos a que traten de solicitar, a los entrevistados, que aclaren la información no comprendida.
Para que esa entrevista sea productiva se debe, además, «alentar a los entrevistados a participar abiertamente en la tarea, brindando respuestas completas y apropiadas y ofreciendo también voluntariamente aquella información no solicitada en nuestras preguntas.
Que logremos o no estos objetivos, dependerá de ciertos factores que afectan a la entrevista:
1. la voluntad de cooperación del entrevistado;
2. la preparación de la entrevista por parte del entrevistador;
3. la atención que se brinden mutuamente;
4. los factores personales y de contexto que se relacionan con la exactitud de la información. En este caso, nos referimos a:
el grado de exactitud con el que el entrevistado comunica su conocimiento sobre cierto aspecto del pasado (lo que está íntimamente ligado a la problemática de la memoria del entrevistado),
el grado de exactitud con la cual se expresa y se recibe esa información (lo que está vinculado a la comunicación, esto es, a la posibilidad de «entenderse» entre entrevistador y entrevistado).

Reglas del buen entrevistador
• Conocer y tener siempre presentes los objetivos de la entrevista.
• Dejar que la memoria del entrevistado fluya con libertad, ayudando y orientando sus recuerdos.
• Mostrarse relajado para ayudar a crear un clima de confianza mutua.
• Ser discreto, centrando la conversación en los temas esenciales.
• Intentar multiplicar los puntos de vista, insistiendo sobre los te- más relatados, Los ejemplos, etcétera.
• Estar interesado y atento durante toda la entrevista, y demostrárselo al entrevistado.
• Evitar las preguntas que incluyen una respuesta.
• Demostrarle al entrevistado que no se espera de él determinada información, sino la que conozca y esté dispuesto a dar.
• No juzgarlo ni criticarlo nunca.
• Evitar las preguntas inquisitorias, de tipo policial.
• Hacer lo posible para que el entrevistado aclare las expresiones ambiguas, repreguntando, pero sin presionarlo.
• Tratar de evitar las respuestas muy generales, pidiendo detalles.
• Estar atento no sólo al contenido de lo que dice el entrevistado, sino también a «cómo» responde las preguntas.
• Darle al entrevistado el tiempo suficiente como para que piense sus respuestas.

Exactitud y memoria
«La memoria siempre es transitoria, notoriamente poco confiable, acosada por el fantasma del olvido, en pocas palabras: humana y social.»
El tema de la memoria y su influencia sobre la exactitud de la información suministrada tiene gran importancia, ya que según lo que pensemos sobre la memoria y su fidelidad a lo sucedido será nuestra evaluación teórica sobre el valor de los testimonios orales.
¿Qué es la memoria?
• La capacidad de conservar determinadas informaciones (Jacques Le Goff).
• Aquello que permanece esencialmente ininterrumpido (Josef Yerushalmi).°
• La facultad de conservar las ideas anteriormente adquiridas (Diccionario Larousse).
La memoria remite ante todo a un complejo de funciones psíquicas, con el auxilio de las cuales «los individuos son capaces no sólo de evocar su pasado, sino también de definirse a sí mismos y de desarrollar, comunicar, comprender, intervenir, registrar y reproducir ideas, imágenes y experiencias; en otras palabras, de participar en el proceso social.
El hombre, en tanto sujeto individual y social, crea y transmite sus recuerdos desde esa doble condición. «El recuerdo colectivo presupone la existencia del recuerdo individual y, sin la presencia de ambos elementos, la formación de la conciencia y por consiguiente de la memoria colectiva histórica resulta imposible.»
Los estudios sobre la memoria, en constante desarrollo, ponen el acento sobre algunas cuestiones que son de utilidad en el momento de crear y analizar fuentes orales:
• La vida y la forma de memorizar son secuenciales, pero el cerebro no organiza las estructuras mentales de esa manera. Por lo tanto, no recordamos secuencialmente.
• Por ese motivo, y más allá de que nuestro cuestionario guía pueda estar organizado con un sentido cronológico, no debemos esperar que el entrevistado nos brinde un testimonio «ordenado».
La memoria no se deteriora proporcionalmente con el paso del tiempo. Por el contrario, es común encontrarnos con ancianos que tienen dificultades para recordar sucesos recientes y pueden describirnos con sumo detalle su participación en sucesos ocurridos muchas décadas atrás.
• La memoria es selectiva. Esto quiere decir que, de alguna manera, la gente «elige» qué recordar, discriminando entre aquellos datos que considera intrascendentes y los que -por diferentes motivos- estima significativos y relevantes.
• La memoria no es una estructura biológica capaz de reproducir —a partir de la voluntad del informante y de un adecuado interrogatorio- una certera y racional imagen del pasado. La voluntad de contar lo que se re cuerda no es condición suficiente para poder hacerlo. Por eso muchas veces la respuesta no aparece ante la pregunta concreta, sino en el momento en que se dan las condiciones internas para que el entrevistado pueda «recordar». Es habitual que una persona que, por ejemplo, no «recordaba» demasiados detalles de su vida escolar en el momento de ser preguntado sobre su infancia, nos informe espontáneamente sobre ella cuando está hablando de la infancia de sus hijos.
• Se tiende a llenar los baches de la memoria completando los «espacios en blanco» con supuestos recuerdos que implican una activa reconstrucción de lo realmente sucedido.
• Se tiende a llenar los baches de la memoria completando los “espacios en blanco” con supuestos recuerdos que implican una activa reconstrucción de lo realmente sucedido.
A esto deben sumarse ciertas consideraciones producto de la experiencia en el trabajo de creación de fuentes orales que permiten afirmar que, en muchas ocasiones, el que se hable o no de algún tema (o con qué certeza se hable de él) no tiene tanto que ver con la memoria y el olvido, sino con el contexto familiar y social. Por ejemplo:
Las condiciones de vida cotidiana son los recuerdos que se conservan con más nitidez, pero en general es de lo que menos se habla (especialmente entre los hombres) porque se consideran poco importantes.
Nunca tenemos acceso directo a la memoria del otro. El recuerdo está siempre mediatizado por la transmisión verbal, que muchas veces no puede expresar la riqueza del recuerdo. Por ejemplo: ¿cómo relatar de manera efectiva las emociones, los miedos o las alegrías?
Cuanto más lejos se encuentra una persona del interés inmediato sobre un tema, más probable es que surja un testimonio auténtico.
Por eso, muchas veces los hechos muy antiguos se relatan en forma más completa y desprejuiciada que otros casi contemporáneos a la entrevista.
En general, la gente refiere su historia personal o familiar en términos de «cambios de circunstancias» personales (nacimientos, muertes, casamientos, cambios laborales, etc.) o generales (guerras, crisis económicas, sucesos políticos o deportivos, etc.).
Todos reinterpretamos constantemente nuestro pasado, de acuerdo con los cambios que se producen en la sociedad o en la vida personal y familiar.
La «memoria popular», conformada socialmente en el seno de una estructura de poder económico y cultural, afecta y condiciona a las memorias personales, aunque la ideología dominante nunca es simplemente aceptada total y pasivamente por la gente.
En muchas ocasiones, los recuerdos y los «olvidos» están inducidos desde la cultura dominante. «Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de los grupos y personas que dominan las sociedades. Los olvidos y silencios son indicadores de esa manipulación.»
En síntesis, puede afirmarse que la confiabilidad de un informante, y por ende las potencialidades del testimonio oral, dependen más de las presiones sociales, de la práctica de la entrevista, de los condicionamientos ideológicos de entrevistador y entrevistado y del contexto que de posibles fallas en la memoria del entrevistado.
“La confiabilidad de un informante, de su memoria (en el sentido de capacidad de recordar) no pasa porque haya olvido o errores en su información (que por otra parte hay diferentes maneras de contrastar) sino por la presencia de esos olvidos significativos (...), por el olvido de esos recuerdos que darían cuenta de los valores, mitos, costumbres, prejuicios, creencias, del contexto grupal, social, económico, cultural, de pertenencia.”
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• Reminiscencia: es la presencia de lo que se olvidó, el recuerdo. Los hechos olvidados pueden, a veces, ser recuperados como reminiscencias, pero lo que «vuelve a la memoria» está condicionado por aquel olvido.
• Tradición: son elementos del pasado, históricos o míticos, transformados en «la» verdad. Las tradiciones influyen sobre la memoria individual y en estos casos es tarea del entrevistador ayudar al informante a distinguir entre lo que éste recuerda que pasó y lo que, según la tradición, «debería» recordar.
• Olvido: es lo opuesto a la memoria. Según Yerushalmi, sólo puede olvidarse el presente, no el pasado. Por eso, lo olvidado es irrecuperable en una entrevista.

Las fuentes orales
Hubo un tiempo en que las fotos fijaban un instante de nuestra dicha. Luego las cintas de video multiplicaron la banalidad.
Igual las miramos con nostalgia como si pudieran revelarnos un secreto que nos ayude a sobrellevar lo que falta del viaje.
Un día, al volver sobre nuestros pasos, encontramos el árbol que la memoria había agigantado. Por un instante sentimos el sobresalto de una revelación. Hasta que descubrimos que lo que cuenta no es el árbol, sino lo que hemos hecho de él.
Osvaldo Soriano, Cuentos de los años felices
Las fuentes históricas son restos o testimonios generados por hombres y mujeres -individual o colectivamente- en el pasado, que nos permiten la reconstrucción histórica.
Se presentan como simples restos materiales o documentos contemporáneos a un acontecimiento o proceso hasta que un investigador los toma en cuenta para su trabajo y los interroga, momento en el que se transforman en fuentes.
Las fuentes tradicionalmente tenidas en cuenta por la investigación histórica (textos escritos, dibujos, fotografías, edificios, vestidos, herramientas de trabajo, etc.) no están especialmente preparadas para responder a las preguntas del historiador, dado que fueron creadas por una necesidad inmediata -comunicar algo a sus contemporáneos (cartas, partes militares), satisfacer necesidades elementales (herramientas, viviendas), organizar la vida social (leyes, decretos), etc.- y no para ser utilizadas en una investigación cientos de años más tarde.
Las fuentes orales, en cambio, son construidas artificial y conscientemente en el marco de una investigación específica o de la creación de un archivo oral. A diferencia de las otras no son fuentes encontradas, son fuentes creadas.
Por lo tanto, la fuente oral «presenta características específicas, tanto por su contenido no siempre transparente, como por los problemas derivados de la subjetividad de la memoria, las que en etapas sucesivas deberán ser trabajadas para su uso en el aula».
En síntesis, mientras «el contenido de la fuente escrita es independiente de las necesidades y de las hipótesis del investigador, es un texto estable que sólo podemos interpretar. El contenido de las fuentes orales (..) depende en buena medida de cuánto les ponen los entrevistadores en términos de preguntas, diálogo y relación personal».

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